La chica del lunes
Lunes 27 de octubre: empecé la semana levantándome un poquito tarde para iniciar mi rutina de todos los lunes, la cual comienza corriendo. Me alisté y salí; terminé mi entrenamiento tarde y decidí regresarme a casa. Por el camino, vi de espaldas una figura conocida y empecé a experimentar sensaciones que me hicieron pensar en esa chica de ojitos lindos, cabello rizado y sonrisa hermosa, a la que nunca me había atrevido a hablarle. Me sentía un cobarde por no hacerlo, por tener miedo a volver a sentir algo por alguien; miedo a entregarlo todo y que me pagaran de la misma manera.
Caminó unos metros y, al acercarme a ella, se subió al autobús; confirmé que era ella. Chocamos miradas durante un segundo que se sintió como minutos, dentro de una atmósfera de sensaciones difíciles de explicar, donde ni la escritura ni la pintura —siendo las formas más abstractas de expresar las cosas— podrían lograrlo. En ese momento, decidí dejar el miedo atrás y, ¿por qué no?, intentar conocer a esa chica. De pronto, podría valer la pena…
Estoy a centímetros de ti. Tu cabello tapaba parte de tu cara y no dejaba apreciar tus lindos cachetes ni esos ojos radiantes que parecía que me hablaban, dándome todo el valor que me faltaba. Tú tenías la mirada fija en el celular y yo la tenía fijada en ti, porque se me hacía imposible apartarla. Decido, con mi mano derecha, tomar tu mejilla para volver tu cara hacia mí suavemente. Me acerco con determinación; miro por un instante tus ojos y acaricio tu piel. El brillo de tu mirada me da el permiso que necesito y decido juntar tus labios con los míos. En ese instante, contemplo la sensación de estar en otra realidad, experimentando algo nunca antes sentido.
Te colocas de espaldas al sol resplandeciente, que intentaba evitar que una nube limitara su brillo y grandeza. El cielo se pintaba de naranja porque se aproximaba la puesta de ese sol que luchaba por no ser ocultado. Volteo la vista y quedo hipnotizado, deslumbrado por el color marrón de tus ojos, donde los rayos destellan y el sol los besa; unos ojos que le dan luz y felicidad a mi vida.
Al estar abrazado, acostado contigo, siento que el tiempo se para; solo estamos tú y yo. Mi olfato reconoce tu aroma, sabiendo que es su fragancia preferida desde hace mes y medio. Mi piel toca la tuya de manera inconsciente, logrando una paz y tranquilidad que me obliga a concentrarme en el presente. Te levantas y pienso que quieres alejarte, pero no; acercas tu cara a la mía y, al ver esos ojos, me pierdo completamente en ellos. Es un lugar donde la salida es complicada y yo no hago ni el mínimo esfuerzo por salir. Veo que te pones muy cerca de mí, no puedo aguantar las ganas de besarte y me doy cuenta de que me he enamorado…
Y podría decir que ha valido la pena haber dejado el miedo atrás.